Muna

Es llegar a casa de Muna y Tesfa y sumergirse en el alboroto de los chavales comandados por el pequeño de la casa, Brahanu. Ya se había convertido en institución que la panda de “farengis” recorrieran el valle invitados por numerosos vecinos. Si nos hubiéramos quedado seis meses más no sé si podríamos haber correspondido con una tarde con cada uno de ellos.

el pequeño de Carshi. Valle de Lagarba. Etiopía, 2020. © Joaquín Rivero

En la actualidad, en el Valle de Lagarba viven alrededor de 15.000 personas, unos 8.000 cristianos ortodoxos etíopes, 7.000 musulmanes y algo más de 500 cristianos católicos. Sorprende la normalidad con la que la comunidad acoge ciertos hechos. Parece habitual, dentro de determinadas costumbres, que una mujer joven sea secuestrada por su pretendiente y, tras varias semanas recluida, vuelvan ambos, secuestrador y secuestrada, a su medio de origen para reconocerse mutuamente como pareja de hecho y de derecho. Carshi, traducido curiosamente como “moneda” en la lengua local, presente también en casa de Muna, dejó de ser católica, tras el secuestro, para abrazar la fe del islam.

Carshi. Valle de Lagarba. Etiopía, 2020. © Joaquín Rivero
Carshi y el café. Valle de Lagarba. Etiopía, 2020. © Joaquín Rivero
Gesh-Heylé. Valle de Lagarba. Etiopía, 2020. © Joaquín Rivero

Y, cómo no, también contamos con Gesh-Heylé, el omnipresente “viejo”. Aunque Gesh-Heylé dispone de choza propia, prácticamente vive en la Misión, en la caseta del guarda. Eso no le impide merodear constantemente por la zona, al abrigo de un café y un poco de cariño siempre correspondido. Y es que Gesh-Haylé es, lo que llamaríamos comúnmente, todo un personaje. Sus años mozos de Liceo, hasta que le expulsaron, en Dire Dawa le dieron la base del francés, y por esto es habitual saludarse con un “bonjour, monsieur”, “fenêtre”, “très joli” o “c´est une super journée”.

amariña. Valle de Lagarba. Etiopía, 2020. © Joaquín Rivero

La ilustración nos acompaña en casa de Muna y Tesfa. Te sientas en el suelo y adviertes un mural en medio de la pared desnuda de abode. Deduces que se trata de una correspondencia entre el alfabeto amariña y su correspondencia latina. Al rato aparece el anfitrión de la casa, que viene de faenar en su pedacito de tierra, Tesfa, marido de Muna, padre de Brahanu, cuñado de Mamme. Si la introducción corrió a cargo de ella, Muna, con quien sobra el azúcar del café, pues ya a ella le desborda la dulzura, él nos apunta otro camino para la esperanza, la dirección precisa del desarrollo y la educación para su hijo Brahanu. Toca tarde políglota. Tesfa es una de las pocas personas del valle que chapurrea inglés. Y entonces Tesfa aprovecha la ocasión para ilustrarnos. Recorre el alfabeto y nos canta con júbilo su sonido luminoso, y así le pienso repitiendo la lección con su pequeño.

Muna. Valle de Lagarba. Etiopía, 2020. © Joaquín Rivero
katiuskas. Valle de Lagarba. Etiopía, 2020. © Joaquín Rivero

Si Brahanu está descalzo no andarán lejos sus katiuskas azules, las mismas que marcan el paso en el silencio de la iglesia y le aúpan en volandas cuando, rasgando con sus pequeños dedos la superficie, toma agua bendita de la pila de la entrada.

trío de ases. Valle de Lagarba. Etiopía, 2020. © Joaquín Rivero
Brahanu y sus amigos. Valle de Lagarba. Etiopía, 2020. © Joaquín Rivero
Brahanu y Mamme, tía y sobrino. Valle de Lagarba. Etiopía, 2020. © Joaquín Rivero

Muna y Tesfa parecen mirar lejos. Tanto, al menos, como vistas disponen desde su casa. Pero, si es necesario, se las piden prestadas al milano que sobrevuela por encima de nuestras cabezas cuando tomamos el sendero hacia la Misión.

horizonte. Valle de Lagarba. Etiopía, 2020. © Joaquín Rivero
milano. Valle de Lagarba. Etiopía, 2020. © Joaquín Rivero
Muna y el rosario de la mañana.  Valle de Lagarba. Etiopía, 2020. © Joaquín Rivero
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