Tigist

– “Abba, Abba, comed, por favor, comed”

– “Por supuesto, Ketené, por supuesto. Chicos, a comer, aunque sea un poco”

Sobre el suelo una bandeja de aluminio repleta de spaghetti con bérbere, una especia local deliciosa, a medio camino entre el pimentón dulce y el chile. Ya íbamos sobre aviso y, con la tripa llena después de comer en la Misión, picamos lo justo para acompañar a un café hiperazucarado recién hecho. También habíamos sido advertidos de algunos atavismos de índole machista que sobreviven en la cultura del valle. En primera ronda comen los hombres, y en esta ocasión además los invitados, y en segunda, lo que nosotros llamamos las sobras, las mujeres y los niños. Fue terminar de picar y los pequeños Adisu, Tayu y Katama se abalanzaron sobre la pasta ya más fría con tal voracidad que los dedos no daban abasto de tanto ir y venir de la bandeja a la boca.

Imagino que cuando sus padres bautizaron a Tigist con este nombre no eran del todo conscientes del juego que le daría a esta mujer y del marchamo impreso para toda su vida. “Paciencia” en la lengua local. También le podrían haber puesto “la curranta”, “la dulce”, “la que desborda voluntad”, “la luchadora”, “la agradecida”, “la resignada” o “el verdadero encanto”, y con cualquiera de ellos le hubieran hecho igualmente justicia. Así se muestra Tigist.

Tigist.  Valle de Lagarba, Etiopía. 2020. © Joaquín Rivero
Katama y el pilar.  Valle de Lagarba, Etiopía. 2020. © Joaquín Rivero
Katama y Adisu.  Valle de Lagarba, Etiopía. 2020. © Joaquín Rivero
Tayu.  Valle de Lagarba, Etiopía. 2020. © Joaquín Rivero
Ketené.  Valle de Lagarba, Etiopía. 2020. © Joaquín Rivero

La casa de Tigist y Ketené linda con la montaña salvaje. Al otro lado de las ramas que marcan la linde, las hienas son las dueñas del espacio. Llama la atención, al igual que en otras casas, cómo la puerta es anécdota y ejerce su función como símbolo pues los espacios abiertos al exterior se multiplican por los cuatro puntos cardinales de la vivienda.

La casa de Tigist.  Valle de Lagarba, Etiopía. 2020. © Joaquín Rivero

Es raro el día que Tigist no se pase por la Misión, sea para echar una mano en la molienda, la cocina, el acarreo de sacos, la presencia en misa o para buscar a sus hijos, unos abonados al juego, cuando no echan una mano en las faenas del campo o ayudan en la iglesia.

La taza de café.  Valle de Lagarba, Etiopía. 2020. © Joaquín Rivero
Katama y el teff.  Valle de Lagarba, Etiopía. 2020. © Joaquín Rivero
Adisu.  Valle de Lagarba, Etiopía. 2020. © Joaquín Rivero

Cualquier anécdota se convierte en tesoro para un chaval. No hay excusa alguna para el juego, la experimentación de lo simple y la ternura. Aprendizaje y desarrollo en estado puro.

Las chapas.  Valle de Lagarba, Etiopía. 2020. © Joaquín Rivero
La cinta de Tigist y Adisu.  Valle de Lagarba, Etiopía. 2020. © Joaquín Rivero

Un euro al día es el salario medio de los jornaleros del valle. Un euro al día es el precio de escolarización para que los más pequeños asistan al colegio (incluye manutención, techo, material escolar, etc…). Un euro al día es el precio del desarrollo y la libertad. Sobra decir que Tigist y Ketené no tienen elección.

Tayu.  Valle de Lagarba, Etiopía. 2020. © Joaquín Rivero

Fotografía de cabecera: Tigist y Tayu en el interior de su casa© Joaquín Rivero

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